Tuesday, October 13, 2015

Sintagma y Paradigma

Hola. Para profundizar en este tema, vamos a abordar los siguientes materiales:


Video Les Luthier "Merengue"
https://www.youtube.com/watch?v=3_bdefq7HaI
(Esta es la primera parte; deben verlo completo)


Presentación
http://es.slideshare.net/MauricioTenecota/paradigmas-y-sintagmas

Cuento: El centauro, José Saramago
https://aquileana.wordpress.com/2010/12/02/jose-saramago-casi-un-objeto-centauro/

Texto: Café, vino o marihuana:
https://redaccion.lamula.pe/2015/06/03/esto-le-pasa-a-tu-cerebro-cuando-consumes-cafe-vino-o-marihuana/jonathandiez/

Tuesday, August 11, 2015

Tuesday, July 28, 2015

Sesión del martes 4 de agosto

En esta sesión vamos a trabajar tres componentes:

I. Ejercicio fotográfico:
    1. Tome mínimo diez (10) fotografías del concepto asignado en clase a cada equipo.
    2. Tome mínimo cinco (cinco) fotografías de lugares de la universidad que no sean reconocibles para el resto de la clase.
    3. Con ambos elementos, prepare una presentación en .ppt en la que cada fotografía esté en una diapositiva diferente. Las secciones se titularán "Concepto" y "lugares". Las fotografías no tendrán nombre. En la primera diapositiva deben estar los nombres de los integrantes del equipo. El arvhivo .ppt debe ser enviado a enviatutareaya@gmail.com -máximo- hasta el día lunes 3 de agosto.

 II. Leer el documento "El animal simbólico", 
En este texto encontraremos las claves iniciales para entender el lenguaje en una nueva dimensión.
"El animal simbólico", Fernando Savater (Tomado de: Las preguntas de la vida, Savater, 1999).
http://investigia.blogspot.com/2008/03/el-animal-simblico-los-tanteos.html

III. Cada equipo expondrá sus fotografías en la clase. 
Como sugerencia, lleven varias copias de la presentación. Haberla entregado en el correo electrónico antes de clase, no los exime de llevarla.

Saturday, May 23, 2015

Final: ensayo

Los ensayos de referencia para el final se llaman: "Ensayos y errores" y "Hable antes de pensar". Se encuentran en: www.isotopias.blogspot.com

Thursday, April 23, 2015

Wednesday, April 22, 2015

Semiótica. Grupo de los martes.

Actividad de reemplazo clase 21 de abril.
En el cuento "Sueño de la mariposa" (compartido ayer en el lanzamiento del libro "Aproximación pragmalingüística al análisis literario") analizar:
1. Signos relevantes (objeto, significante, significados denotativos y connotativos).
2. Hacer una interpretación general del texto a partir de los signos identificados.

Se entrega impreso en la clase del 28 de abril. Ese mismo día se realizan las exposiciones.
Para mayo 3, deben leer este documento:

http://investigia.blogspot.com/2015/04/ideas-para-ir-de-la-semiotica-del-signo.html


Texto del cuento:

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Tuesday, April 14, 2015

Ideas para ir de la semiótica del signo a la semiótica del discurso, Carlos Arango

En este sitio encuentran el texto "Ideas para ir de la semiótica del signo a la semiótica del discurso", el cual se puede considerar como un punto de enlace entre el análisis de textos quietos (fotografía, textos literarios e imágenes) a analizar textos en movimiento, tal como el cine, la ciudad o la moda.

Tuesday, March 17, 2015

cancelada clase de hoy

Buenos día, por motivos de salud debo cancelar la clase de semiótica del día de hoy. Lamento no haber hecho un anuncio más personalizado, pero no contaba con sus direcciones de correoelectrónico.

Friday, March 13, 2015

Conferencia sobre el cerebro

¿Por qué después de que hace varios días quitaron el murito que separaba la puerta de nuestra habitación de la sala de la casa aún seguimos evadiéndolo? La respuesta es simple: porque los seres humanos no habitamos directamente la realidad, sino que la navegamos a través de nuestros mapas mentales.

Bien, pero ¿cómo se construyen esos tales mapas mentales?

Aquí va una conferencia del científico VS Rachamandrán en la serie de conferencias TED Talks.

Un enfoque interesante para comprender la semiótica y los signos de la cultura.

(conferencia en Inglés con opción de subtítulos en Español).

Tuesday, March 03, 2015

Inútil explicación

Marta Traba



Yo quisiera explicarte por qué voy en este tren, pero comprendo que será muy difícil. Tendría que comenzar por decirte que este es el único sitio donde me encuentro bien, aunque parezca increíble que un lugar móvil, incómodo, donde hay que recorrer un largo pasillo tambaleándose para encontrar el baño, y pasillos más extensos aún para desembocar en un vagón comedor inhóspito y transitorio, pueda ser un sitio bueno y definitivo para nadie. Por consiguiente debes admitir lo que te diga, y creerme por más inverosímil que resulte.

Debo añadir, además, como prolongación de un preámbulo de algo que seguirá siempre siendo preámbulo y que seguramente acabará también en un preámbulo, que no sé por qué debo contarte todo esto que me pasa, justamente a ti que estás distante y amortiguado en el recuerdo, con unas facciones que se van debilitando y un sonido de voz que ya no reconozco; pero es exactamente a ti y no a otro a quien debo decirle todo. Me niego a aceptar que te hayas muerto, como alguien me dijo en una estación, no recuerdo cuál, al encontrarme accidentalmente frente a un quiosco de cigarrillos. Me hizo gracia y levanté apenas los hombros porque no lo creí y sigo sin creerlo, ya que no puedes morir antes que yo tolere tu muerte y esté prevenida y dispuesta a reconocerlo que vas por una carretera en un carro sport y te distraes como cualquier hombre común y corriente y chocas contra un árbol y mueres.

Todo esto resulta trivial e inadmisible si no se ha planeado o al menos prefigurado.

Uno no puede morir de sorpresa, así, sin proponérselo, y tú menos que nadie, que debes morir no sólo por tu veredicto y aprobación sino también por los míos. Por eso descarto el asunto de tu muerte y te escribo con la convicción de que, aun disgregado en el largo tiempo transcurrido, recibirás esta carta y entenderás, como siempre, por qué voy y vengo sin estar ya nunca jamás en ningún lado y me siento tan extrañamente bien al lado de una ventanilla viendo pasar velozmente el paisaje. Afuera.

Tú no conociste la última pensión donde yo estuve; creo que tampoco te hablé de ella, porque carecería de sentido describir algo tan inocuo. Ahora lo hago para establecer algún punto de referencia; quiero decir, un punto fijo, el último, donde estuve sentada o acostada, miré el techo e hice todos los gestos mínimos, pudorosos y ligeramente asustados de la gente que está sola en un cuarto y se oye y se ve a sí misma, no teniendo otro posible interlocutor.

-No se asuste si oye pasos por la noche –me dijo la dueña de la pensión- porque he arrendado el cuarto de arriba a un señor que se pasará hoy mismo. Me imagino que contesté que estaba bien y que me daba igual. Mientras no se metiera conmigo y fuera tan discreto como la propia dueña de la pensión a quien apenas veía para pagarle el arriendo, todo estaba bien.

La señora Colette trabajaba a horas distintas a las mías y para comunicarse conmigo me dejaba papelitos en diversos sitios de la sala y del comedor, que jamás usábamos. Como sólo vivíamos ella y yo en la casa, nunca hubo problema. Yo llegaba por las tardes, aniquilada por el aburrimiento de la oficina, abría la puerta-cancel de horribles vidrios de colores atravesados de hierros cubistas, y la penumbra fresca de la sala me golpeaba produciéndome siempre la misma doble sensación de alegría y abatimiento. Atravesaba cuidadosamente la sala, tratando de no llevarme por delante ninguno de los innumerables floreros y bibelots o elefantes de porcelana dispersos encima de todos los muebles; a medida que avanzaba y me habituaba a la oscuridad descubría los papelitos. Estaban en varias partes; en la trompa de los elefantes, entre las flores artificiales, prendidos a la carpeta de macramé de la mesa, apoyados sobre las bases retorcidas de las lámparas.

A veces eran sólo advertencias. “Cada llamada Telefónica cuesta veinte centavos”. O “La leche está en el jarro esmaltado, en la nevera”. Otras veces se desprendían claras amenazas. “Si obstruye la cañería del water deberá llamar y pagar al plomero USTED MISMA”. “Si no deja la puerta del patio cerrada…” e, inesperadamente, las invitaciones más insólitas: “¿Le gustaría ir a ver conmigo ‘La novicia rebelde’?”, o “¿Qué tal un drink esta noche? Jamás contesté a las dos advertencias, ni a las amenazas, ni a las invitaciones; llegaba hasta el cuarto y me sentía a salvo sólo al cerrar herméticamente con llave. Luego sobrevenían largas horas sin hacer específicamente nada. ¿Tal vez leyendo? Me avergüenza confesar que una observación detenida, minuciosa del techo, o ver pasar gente por la ventana, pueda llevarme tantas horas. Entiendo bien claro que no se trata nada más que de perder la vida pero ya sabes, y lo hemos discutido muchas veces, que no sé vivir la vida más que perdiéndola, y esto a conciencia y calmadamente. Creo que careciendo todo de sentido y siendo todo gesto, todo movimiento inútil, lo más prudente es decidirse por formar hábitos permanentes e inmutables, para ver de qué modo se filtra cada día por la misma grieta hacia el mismo pozo. Y mi mayor placer es advertir que eso ocurre y no acometer la compra de un par de zapatas como un hecho capital que modifica el curso de la vida y debe ser un motivo de esperanza.

No; yo sabía que entrar a la sala oscura, alcanzar el cuarto, cerrarlo, coser un botón, revisar un libro, era la pérdida calculada de la vida, sin cortapisas ni atenuantes. Puedo afirmarte que lo único que sentía era cierta curiosidad hacia ese desgaste justo, ni lento ni acelerado. Pero me estoy desviando del relato contándote lo que además ya sabes (y no resististe); mi lucidez y mi desesperanza.

Regreso al día que llegó el nuevo huésped. No oí sus pasos por la noche ni ningún ruido; mi sueño forma parte de ese dejarme ir pasivo, de ese acertamiento de la muerte. Al día siguiente, cuando regresé del trabajo, ni siquiera me acordaba que había una persona más en la casa. Me sorprendió no encontrar ningún papelito en los bibelots. Hice algo desusado; encendí la luz para cerciorarme que no había nada. Sólo en ese momento recordé al huésped nocturno y calculé que la señora Colette se habría avergonzado de su extraña práctica de los mensajes en las trompas de los elefantes.

No le di más importancia. Sin embargo, algo anormal se había introducido en mis hábitos; me hacía falta los mensajes, me sentía desprendida de un diálogo al cual ya me había acostumbrado demasiado. Ni al día siguiente, ni al otro, creo que por espacio de cuatro o cinco días, volvieron a aparecer los papelitos. Evidentemente, la señora Colette había abandonado mi vigilancia. Mi soledad, que siempre he aceptado con un bueno ánimo, me pesaba. Ahora pon atención a lo que voy a contarte; llegó una tarde, me parece que el viernes. Sí, debió ser un viernes porque sentía esa progresiva tranquilidad del fin de semana.

Entro ya sin esperar ningún papelito y veo la forma blanca de una tarjeta, clara y visible aun en la oscuridad. Me aproximo con cierta emoción; alguien vuelve a hablar de nuevo conmigo. (Hasta estoy dispuesta a aceptar el drink o la novicia rebelde.) La leo y al principio no entiendo de qué se trata; “Quedamos en que a las once. Trate de no tropezarse en la alfombra de la escalera”. Pasé un rato leyendo el cartelito antes de darme cuenta de que no era para mí. No podía ser porque yo nunca había subido al primer piso. (No sé si te dije que mi habitación estaba en la planta baja, con ventana sobre la calle del costado). Recordé el segundo huésped y no sé por qué tuve una sensación de malestar. Pero la cosa no pasó de ahí. Entré en mi cuarto, puse un disco en el pic-up y me tendí en la cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

Algo me incomodaba profundamente. No podía determinar qué.

Hice, como siempre, mi comida, leí, me desvestí y desde las diez de la noche, hora en que habitualmente me dormía con un sueño profundo, comencé a mirar el reloj. Pasó un tiempo interminable. A las once oí, nítidamente, el ruido de pasos subiendo por la escalera que en un momento, como era lógico, tropezaron con la alfombra.

No podría decirte a qué horas me dormí ni cuáles fueron mis pensamientos en un infinito desvelo; sólo sé que me sentí desgarrar, pedazo a pedazo, de la manera más irrazonable. Era inútil asegurarme a mí misma una y otra vez que los asuntos de la señora Colette eran exclusivamente suyos y que su vida privada ni me importaba ni me concernía, como nunca me ha importado la de nadie. Me daba cuenta que, contra todo razonamiento, los pasos en la escalera perturbaban el orden de mi vida. Algo se había introducido con sigilo, algo indescriptible y ominoso, en medio de tantas cosas satisfactoriamente inexistentes. Durante años había podido llegar a la conclusión de que la señora Colette NO  existía, lo mismo que yo. Por eso hablaba de la leche, del water, de las cuentas de luz. De pronto me afrentaba con su existencia; pretendía vivir, respirar, aguardar pasos, recibirlo. Al fin me dormí, en medio de sueños tumultuosos, de rendiciones súbita, de estremecimientos.

En la tarde siguiente no hubo ningún mensaje. Fue un atardecer lúgubre, de violentas lluvias estivales. La calle estaba desierta y devastada por los aguaceros; sólo me acuerdo de un detalle irrisorio. Bajo la lluvia pasó un carrito de helados con un cartel tambaleante y ridículo que decía: “el placer de Alaska.”

No puedo describirte esa noche; ha desaparecido. Al día siguiente comprendí, apenas traspuse la puerta, que habría mensaje. Encendí la luz brutalmente, sin poder esperar el tiempo indispensable para habituarme a la penumbra. Apoyado en el monstruoso florero del centro de la mesa estaba un papelito donde decía, con su aplicada letra cursiva: “a la misma hora” y más allá, en uno de los elefantes: “se dañó la nevera; tu cerveza estará caliente”.

Era un hecho. Yo había dejado de existir. Y el segundo huésped crecía a expensas de mi anulación. Le di vueltas y vueltas en la cabeza a esta idea durante mucho tiempo. Eran casi las once cuando miré el reloj; no había dormido ni me había desvestido como de costumbre. Esperé las once y abrí la puerta cuando oí los pasos. El desconocido quedó en un momento desconcertado, sin entender qué estaba pasando. Pero los hombres perciben una situación en el aire y le sacan provecho con una sangre fría admirable. Yo debía estar sonriendo, con toda seguridad, porque él también sonrió. Era una sonrisa de complicidad y diversión: No hubo necesidad alguna de hablar. Ni en ese momento ni después; y es increíble que yo no sintiera nada, ni placer, ni asco, ni fatiga ni estupor. Y que no pudiera desviar mi pensamiento ni un solo instante. Eran aluviones de recuerdos, eran las escenas enteras de confianza y también de traición; eran palabras apagadas, bellas o terribles, eran puertas y ventanas que se abrían, escaleras que se bajaban corriendo; todo proviniendo sin estrépito, quién sabe desde qué compuerta desgonzada de golpe: Así, flotando, en medio de una enorme y despavorida agua mansa, todo ahogado, inerte, pero de nuevo presente.

Ahora alguien bajaba la escalera.

No puede ser sino la señora Colette, porque no hay más que tres personas en este mundo. Con una mano lo aparto sin violencia. Con la otra me apoyo en la cama para pararme. Espero que los pasos se acerquen a mi puerta y digo con la voz más firme: “espere un minuto, señora Colette, suba a su cuarto y espérelo, que ya va para allá.” El hombre es quien mi mira atónito. Se viste sin dejar de mirarme y nunca sabré qué está pensando. Sale del cuarto como un autómata y a través de la puerta que he cerrado velozmente con llave, oigo el escándalo que desencadena la señora Colette. Golpea a puños mi puerta pero no le hago caso. Al cabo de un momento voy hacia el armario y comienzo metódicamente a hacer mis maletas, con la mente en blanco.

He llegado a la estación central a recorrer los horario de los trenes. Hace tiempo, y me parece innecesario abrumarte con mis itinerarios. Siempre abordo la estación Terminal, vuelvo a recorrer los horarios, retomo el tren más próximo.

He formulado la conclusión de que se puede vivir en los trenes. Al menos es lo que quiero ahora. Apenas me siento al lado de la ventanilla la tierra se mueve y comienza el intenso placer de ver deslizarse todo, de ver perderse todo. Ni siquiera me impaciento cuando el tren se para en una estación demasiado tiempo y bajan y suben baúles que gentes cada vez más hostiles acomodan en las mallas porta-maletas. No me importa que me hablen; al contrario. Presto la mayor atención a las historias que unos y otros me han contado, contesto con afabilidad las preguntas y siempre invento respuestas tranquilizadoras. Sería perturbador explicarles lo que estoy contando y decirles que no voy hacia ninguna parte, y que cuando llego, vuelvo. Nadie lo entenderá, además. Ahora mismo recorro un campo que quisiera tener el poder de describirte, pero ya sabes qué poco me ha interesado siempre la naturaleza. Soy sensible sólo al orden que ese campo supone, vuelvo a asombrarme una vez más de que todas las cosas estén en su puesto, dentro de una eternidad contagiosa y sólo me tranquilizo cuando compruebo que yéndome sacudo de encima mío esa armonía intolerable, que no me pliego a sus leyes acomodaticias, a la conformidad del cielo con la tierra, de las copas con los troncos de los árboles.

En esta forma, he acelerado el desgaste de que te hablaba antes. No tengo que esperarlo, voy hacia él y lo provoco. Lo tremendo y desconcertante es que todo lo que hago forma hábito en seguida y no sé cómo podré detener este ir y venir incesante. Tú eres mi hábito, lo fue la señora Colette, y ahora… Te escribo dificultosamente, sobre un libro que llevo en las rodillas, incomodada por el vaivén del tren. Mandaré esta carta a tu dirección de siempre, desde la estación próxima.


Sí, aquel hombre mintió a sabiendas, o quizás inocentemente, cuando dijo que te habías muerto. 

Tuesday, February 24, 2015

Documento: Naturaleza del signo lingüístico, F. Saussure

En este enlace se encuentra la versión .pdf del texto "Naturaleza del signo lingüístico", de F. Saussure, texto clave en la configuración de la semiótica y la semiología.


http://commonweb.unifr.ch/artsdean/pub/gestens/f/as/files/4740/29480_160914.pdf

Tuesday, February 10, 2015

El señor Sigma (Umberto Eco)



Supongamos que el señor Sigma, en el curso de un viaje a Paris, empieza a sentir molestias en el “vientre”. Utilizó un término genérico, por que el señor Sigma por el momento tiene una sensación confusa. Se concentra e intenta definir la molestia: ¿ardor de estomago?, ¿dolores viscerales? Intentar dar nombre a unos estímulos imprecisos; y al darles un nombre los culturiza, es decir, encuadra lo que era un fenómeno natural en unas rúbricas precisas y “codificadas”; o sea, que intenta dar a una experiencia personal propia una clasificación que la haga similar a otras experiencias ya expresadas en los libros de medicina o en los artículos de los periódicos.

Por fin descubre la palabra que le quede adecuada: esta palabra vale por la molestia que tiene. Y dado que quiere comunicar sus molestias a un médico, sabe que podrá utilizar la palabra (que el médico está en condiciones de entender), en vez de la molestia (que el médico no siente y que quizás no ha sentido nunca en su vida).
Todo el mundo estará dispuesto a reconocer que esta palabra, que el señor Sigma ha individualizado, es un signo, pero nuestro problema es más complejo.
El señor Sigma desea pedir hora a un médico. Consulta la guía telefónica de París; unos signos gráficos precisos le indican quiénes son médicos y cómo llegar hasta ellos.
Sale de casa, busca con la mirada una señal particular que conoce muy bien: entra en un bar. Si se tratara de un bar italiano intentaría localizar un ángulo próximo a la caja, donde podría estar un teléfono, de color metálico. Pero como sabe que se trata de un bar francés, tiene a su disposición otras reglas interpretativas del ambiente: busca una escalera que descienda al sótano. Sabe que, en todo bar parisino que se respete, allí están los lavados y los teléfonos. Es decir, el ambiente se presenta como un sistema de signos orientadores que le indican dónde podría hablar.
Sigma desciende y se encuentra frente a tres cabinas más bien angostas.
Otro sistema de reglas le indica cómo ha de introducir una de las fichas que lleva en el bolsillo (que son diferentes, y no todas se adaptan a aquel tipo de teléfono: por lo tanto, ha de leer la ficha X como " ficha adecuada al teléfono de tipo Y") y, finalmente, una señal sonora le indica que la línea está libre; esta señal es distinta de la que se escucha en Italia, y por consiguiente ha de poseer otras reglas para "descodificarla"; también aquel ruido (aquel bourdonnement, como lo llaman los franceses) vale por el equivalente verbal "vía libre".
Ahora tiene delante el disco con las letras del alfabeto y los números, sabe que el médico que busca corresponde a DAN 0019, esta secuencia de letras y números corresponde al nombre del médico, o bien significa "casa de tal", pero introducir el dedo en los agujeros del disco y hacerlo girar según los números y letras que se desean tiene además otro significado: quiere decir que el doctor será advertido del hecho de que Sigma lo llama. Son dos órdenes de signos diversos, hasta el punto de que puedo anotar un número de teléfono, saber a quien corresponde y no llamarle nunca; y puedo marcar un número al azar, sin saber a quien corresponde, y saber que al hacerlo llamo a alguien.
Además este número está regulado por un código muy sutil: por ejemplo, las letras se refieren a un barrio determinado de la ciudad, y a su vez cada letra significa un número, de manera que si llama a París desde Milán, debería sustituir DAN por los números correspondientes, porque mi teléfono italiano funciona con otro código.
Sea como fuere, Sigma marca el número: un nuevo sonido le dice que el número está libre. Y finalmente oye una voz: esta voz habla en francés, que no es lengua de Sigma. Para pedir hora (y también después que explique al médico lo que siente) ha de pasar de un código a otro, y traducir en francés lo que ha pensado en italiano. El médico le da hora y una dirección. La dirección es un signo que se refiere a una posición precisa de la ciudad, a un piso preciso de un edificio, a una puerta precisa de este piso; la cita se regula por la posibilidad, por parte de ambos, de hacer referencia a un sistema de signos de uso universal, que es el reloj.
Vienen después diversas operaciones que Sigma ha de realizar para conocer un taxi como tal, los signos que ha de comunicar al taxista; cuenta también la manera como el taxista interpreta las señales de tráfico, direcciones prohibidas, semáforos, giros a la derecha o a la izquierda, la comparación que ha de efectuar entre la dirección recibida verbalmente y la dirección escrita en una placa. y están también las operaciones que ha de realizar Sigma para reconocer el ascensor del inmueble, identificar el pulsador correspondiente al piso, apretarlo para conseguir el traslado vertical, y por fin el reconocimiento del piso del médico, basándose en la placa de la puerta. Sigma ha de reconocer también, entre los pulsadores situados cerca a la puerta, el que corresponde al timbre y al que corresponde a la luz de la escalera; pueden ser reconocidos por su forma distinta, por su posición más o menos próxima a la puerta, o bien basándose en un dibujo esquemático que tienen gravado encima, timbre en un caso, lámpara en otro. En una palabra, Sigma ha de conocer muchas reglas que hacen que a una forma determinada corresponda determinada función, o a ciertos signos gráficos, ciertas entidades, para poder al fin acercarse al médico.
Una vez sentado delante de él, intenta explicarle lo que ha sentido por la mañana: "J' ai mal au ventre" .
El médico entiende las palabras, pero no se fía: es decir, no está seguro de que Sigma haya indicado con palabras adecuadas la sensación precisa. Hace preguntas, se produce un intercambio verbal. Sigma ha de precisar el tipo de dolor, la posición. Ahora el médico palpa el estómago y el hígado de Sigma; para él algunas experiencias táctiles tienen un significado que no tienen para otros, porque ha estudiado en libros que explican como a una experiencia táctil ha de corresponder determinada alteración orgánica. El médico interpreta las sensaciones de Sigma. (que él no siente) y las compara con las sensaciones táctiles que experimenta. Si sus códigos de Semiótica médica son adecuados, las dos órdenes de sensaciones han de corresponder. Pero las sensaciones de Sigma llegan al médico a través de los sonidos de la lengua francesa; el médico ha de comprobar si las palabras que se manifiesta por medio de sonidos son coherentes, de acuerdo con los usos verbales corrientes, con las sensaciones de Sigma; pero teme que éste utilice palabras imprecisas, no porque sean imprecisas sus sensaciones, sino porque traduzca mal del italiano al francés. Sigma dice ventre, pero quizás quiere decir foie (y, por otra parte, es posible que Sigma sea inculto, y que para él, incluso en italiano, hígado y vientre sean entidad indiferenciada).
Ahora el médico examina las palmas de las manos de Sigma y ve que tienen manchas rojas irregulares: "mal signo- murmura-¿ No beberá Usted demasiado?" Sigma lo reconoce "¿cómo lo sabe?" Pregunta ingenua; el médico interpreta síntomas como si fueran signos muy elocuentes; sabe lo que corresponde a una mancha, a una hinchazón. Pero no lo sabe con absoluta exactitud; por medio de las palabras de Sigma y de sus experiencias táctiles y visuales ha individualizado unos síntomas, y los ha definido en los términos científicos a los que lo ha acostumbrado la sintomatología que ha estudiado en la Universidad, aunque sabe a que síntomas iguales pueden corresponder enfermedades diferentes, y a la inversa. Ahora ha de pasar del síntoma a la enfermedad de la cual es signo, y esto es cosa suya.
Esperemos que no tenga que hacer una radiografía, porque en tal caso tendría que pasar de los signos gráfico-fotográficos al síntoma que representan, y del síntoma a la alteración orgánica. No trabajaría con un único sistema de convenciones sígnicas, sino sobre varios sistemas. La cosa hace tan difícil, que es muy posible que equivoque el diagnóstico.
Pero de ello no vamos a ocuparnos. Podemos abandonar a Sigma a destino (con nuestros mejores deseos; si consigue leer la receta que le de el médico (cosa nada fácil, porque la escritura de los clínicos plantea pocos problemas de descifrado), quizás se ponga bien y pueda aún gozar de sus vacaciones en Paris...
Por el momento, lo que nos interesaba subrayar era que un individuo normal, ante un problema tan espontáneo y natural como un vulgar «dolor de vientre», se ve obligado a entrar inmediatamente en un ridículo sistema de signos; algunos de ellos, vinculados a la posibilidad de realizar operaciones prácticas; otros, implicados más directamente en actitudes que podríamos definir como «ideológicas». Pero, en cualquier caso, todos ellos son fundamentales para los fines de la interacción social, hasta el punto de que podemos preguntarnos si son los signos los que permiten a Sigma vivir en sociedad, o si la sociedad en la que Sigma vive y se constituye como un ser humano no es otra cosa que un complejo sistema de signos. En una palabra, ¿Sigma hubiera podido tener conciencia racional de su propio dolor, posibilidad de pensarlo y de clasificarlo, si la sociedad
y la cultura no lo hubiera humanizado como animal capaz de elaborar y comunicar signos?...
Tomado de: http://www.utp.edu.co/~fredy340/archivos/proemio.htm