LOS OFICIOS DEL COMUNICADOR
Conferencia dictada por Jesús Martín Barbero en la Lección Inaugural del Bloque 38, EAFIT, Facultad de Comunicación Social. Medellín, 29 de julio de 2004. Versión de Carlos Andrés Arango
Para entender los Oficios del Comunicador, en una sociedad llena de facultades de comunicación, deben intentarse dos pasos; en primer lugar, una descripción del contexto donde se ubica, hoy, la reflexión sobre la pertinencia y la necesidad la comunicación en la sociedad. En un segundo momento, será posible propiciar un esbozo la Oficio del Comunicador.
CONTEXTO
En términos de contexto es necesario propiciar un acercamiento concerniente a El Mundo, Latinoamérica, Colombia y Las regiones.
El Mundo
Nunca, como hoy, los procesos económicos, sociales, productivos, tecnológicos y culturales habían dependido tanto de la comunicación. Este asunto tiene que ver, aunque no total y necesariamente, con los medios. Es decir, si bien ellos representan gran parte de las influencias que afectan a dichos procesos, no son los únicos agentes comunicativos que entran en juego.
Además, debe entenderse que ello conforma un conjunto de cambios necesarios desbordantes de los límites en que tradicionalmente habían estado adscritos. El arte deslinda el dominio de los artistas, así como la comunicación y la educación rebasan las fronteras de las prácticas de comunicadores y educadores. Lo económico, lo social, lo productivo, lo tecnológico, lo cultural y lo educativo, están siendo mediados, re-significados, entendidos, y facilitados por procesos comunicativos.
La fusión de grandes multinacionales de la comunicación también contribuye a la reconfiguración del escenario comunicativo mundial, que Barbero denomina Ecosistema Comunicativo. El asunto va más allá de la divulgación masiva y simultánea de contenidos; si así lo fuera, sería menos complejo. Las grandes industrias de la información operan menos como catalizadores temáticos de la sociedad que como reales mafias, pues detrás de sus estrategias narrativas pocos saben con certeza las reales intenciones de su hacer. Así, con variables como las descritas anteriormente, es que el mundo vive la comunicación.
Latinoamérica
Latinoamérica
De la mano de la revolución cubana y la promesa socialista chilena, en las décadas de los años setenta y ochenta, las facultades latinoamericanas de comunicación se acercaban a la configuración de una propia escuela de pensamiento. Tal movimiento se dio a partir de cuestiones fundamentales sobre la dominación de los países ricos sobre los pobres, y el componente informativo de esta dominación; es decir, de la sospecha de que la dominación también se relacionaba con lo informativo, incluso muchas veces iniciaba desde ahí. Diversas corrientes se generaron ante esa pregunta. No todos asumieron sin más la sospecha, influida por el marxismo, de que el emisor era una estancia incuestionablemente dominadora. Otros optaron por un pensamiento que, si bien debería cuestionar seriamente los modelos y contenidos informativos de los países ricos, propusiera otras lecturas a fenómenos de los medios y la comunicación, una lectura diferente a la meramente ideológica.
Pero tristemente, hoy se constata una fragmentación, y en cierta manera una involución, de esos intentos. Como si el proyecto se hubiere quedado truncado. Algunas facultades vuelven a la vieja denominación de escuela de periodismo, en otros centros se vuelve ciegamente a la formación con énfasis exagerado en lo técnico, sin mencionar cómo la investigación –casi nula- renunció a la idea de un proyecto latinoamericano –o si quiera de país- para aterrizar en una suerte de fragmentación particularizante ajena a iniciativas de mayor cobertura que la mera facultad.
Pero tristemente, hoy se constata una fragmentación, y en cierta manera una involución, de esos intentos. Como si el proyecto se hubiere quedado truncado. Algunas facultades vuelven a la vieja denominación de escuela de periodismo, en otros centros se vuelve ciegamente a la formación con énfasis exagerado en lo técnico, sin mencionar cómo la investigación –casi nula- renunció a la idea de un proyecto latinoamericano –o si quiera de país- para aterrizar en una suerte de fragmentación particularizante ajena a iniciativas de mayor cobertura que la mera facultad.
Colombia
"Colombia es hoy un país donde los pobres no pueden comer, la clase media no puede comprar y
los ricos no pueden dormir".
William Ospina, Dónde está la franja amarilla
Muchos países carecen de mitos fundacionales, es decir, de historias responsables de dar cuenta de la fundación de las naciones. En Colombia ese mito existe. Sin embargo, es un mito, no sólo dividido, sino enfrentado. En Venezuela, por ejemplo, existe la figura de Bolívar; en Colombia figuran Bolívar y Santander –peleados, enfrentados. Es decir, desde nuestro mito fundacional, hay conflicto. Pero ese hecho como tal no es malo, al menos no lo sería si hubiera un gran Relato Nacional, encargado de darle sentido a nuestra identidad como nación. En otras palabras, poseemos el Mito Fundacional, pero no un Relato Nacional en el cual converger como colombianos. Se trata de un problema con matiz comunicativo: se trata de significados aún no compartidos.
Los escasos momentos de convergencia se dan cuando juega el seleccionado de fútbol nacional, o cuando una novela logra la atención de todas las clases y sectores del país. Pero aun eso es fragmentado, coyuntural. Vale la pena retomar a William Ospina cuando afirma: "...en Colombia los ricos quieren ser ingleses, los intelectuales quieren ser franceses, la clase media quiere ser norteamericana y los pobres quieren ser mexicanos" (OSPINA, William ¿Dónde está la franja amarilla? Bogotá: Norma, 1997. p. 91).
Los escasos momentos de convergencia se dan cuando juega el seleccionado de fútbol nacional, o cuando una novela logra la atención de todas las clases y sectores del país. Pero aun eso es fragmentado, coyuntural. Vale la pena retomar a William Ospina cuando afirma: "...en Colombia los ricos quieren ser ingleses, los intelectuales quieren ser franceses, la clase media quiere ser norteamericana y los pobres quieren ser mexicanos" (OSPINA, William ¿Dónde está la franja amarilla? Bogotá: Norma, 1997. p. 91).
Pensar en Colombia requiere hoy el pensar la comunicación. Mas, tristemente, debe advertirse que ninguna Historia Nacional de Colombia incluye una mención -aunque sea mínima- sobre la historia de los medios de comunicación. Igualmente, pensar la comunicación requiere, en nuestro país como pocos, reflexionar sobre Colombia, sobre el ser colombiano.
Las Regiones
Una de las claves para entender la cultura colombiana se relaciona con la telenovela. En efecto, el melodrama es una de las formas en las cuales se puede ver recreado lo colombiano. A diferencia de como sucede en otros países, en Colombia suele haber un mayor atrevimiento de parte de guionistas y realizadores en cuanto a las propuestas melodramáticas. Precisamente, esos avances permitieron a las regiones reconocerse más allá del chiste discriminatorio. Las novelas sobre las regiones colombianas, permitieron al país reconocer lo que de costeños, paisas, llaneros, pastusos, rolos... tenemos los colombianos. Antes, incluso, de que la Constitución de 1991 promulgara la igualdad y participación de las regiones.
Es un lugar común hablar de Colombia como un país de regiones. Pero ni la Constitución vigente, ni la cotidianidad de país demuestran que se viva la diferencia como algo normal. Experiencias en otras partes del mundo muestran cómo lo decisivo en un proyecto de nación es la construcción colectiva de país desde las diferencias y no a pesar de ellas. Entre ambas expresiones existe asimetría. En la primera, las diferencias son la oportunidad desde la cual se construye la posibilidad de nación; en la segunda, lo diferente es aceptado como si se tratara de un lunar, de un defecto.
En Colombia existe una posibilidad con la cual no se cuenta en países europeos y algunos latinoamericanos: la creación autónoma de planes de estudio, con los consecuentes pros y contras implicados. En Europa, abrir un pregrado significa, simplemente, adoptar sin modificación alguna los planes de estudio diseñados por los ministerios de comunicación. En cambio, las universidades colombianas pueden apostar por nuevos enfoques continuamente, sin tener que repetir los errores antes cometidos. La misma oportunidad debería ser aprovechada para atender, desde lo académico, los proyectos de región. Qué significa pensar la comunicación para las regiones, para fortalecerlas y generar reflexiones en torno a sus falencias, dentro de un espíritu conjunto de país. País polifónico, tolerante, propositivo.
Todos los elementos del contexto permiten componer un panorama de múltiples capas superpuestas. Es necesario generar, desde el estudio de la comunicación, cada una de ellas, para evitar que las solapas pasen inadvertidas. Indispensable es decirlo: entre los niveles del contexto, hay casos de superposición, imbricación o recubrimiento, peligrosos en lo referido a la comunicación.
EL OFICIO
Vale el esfuerzo de buscar palabras no académicas desde las cuales se pueden metaforizar fenómenos sí académicos. Es el caso de la palabra Oficio, desdeñada por el saber ilustrado en cuanto comporta un hacer artístico. En las épocas de persecución de los saberes no académicos, no institucionales, no racionales, las artes representaban un peligro análogo al saber de las brujas. No obstante, se identifican elementos desde los cuales se puede validar el Oficio. Esos elementos son: vocación y profesión.
Vocación
Afición, gusto, aptitud... de quien ama su oficio, su hacer, su arte. Validar el oficio es pensar en la vocación, que no se siente desde la razón o la lógica; lo vocacional nace desde las vísceras, es un asunto fisiológico, corporal. La vocación es una inclinación, podría decirse, natural, espontánea, directa, desprevenida; interesada y desinteresada a la vez. Quien siente vocación por algo, manifiesta su atracción inevitable hacia ese algo. Pensar en la vocación del oficio, lleva a re-pensar el papel de las facultades respecto de ese elemento; se pueden enseñar muchos contenidos, prácticas y metodologías; no se enseña la vocación.
Profesión
El profesionalismo tiene que ver con ser experto, capacitado, idóneo, conocedor, técnico, perito. La profesión es un saber, está en el mundo de lo realizable: es profesional en un saber quien sabe intervenir en procesos de esa área del conocimiento. Además, hay una dimensión ética connatural al ejercicio profesional, más allá del comportamiento moral, de la conducta seguida por el profesional, se presenta una condición cualitativa indispensable: ser buen profesional. Es decir, aunque lo profesional esté aparentemente relacionado sólo con opciones racionales, resulta inevitable que la acción del profesional requiere de la confianza.
OFICIO DE COMUNICADOR
Después de recorrer algunos puntos relevantes del contexto y reconocer lo valioso del Oficio, palabra que nos invitaba a reconocer lo que de artista tiene el ejercicio profesional, ahora se trata de dilucidar el Oficio de Comunicador. Tres referentes emergen como pistas reveladoras de la comunicación en el mundo de la praxis comunicativa.
Informador
Uno de los primeros referente respecto de la comunicación es el informar. E informar lleva a pensar, históricamente, en la figura de los sofistas. Lastimosamente, la tradición griega, sobre todo en los textos de Platón, otorga un tratamiento fútil a la sofística. Los principales argumentos eran que los sofistas ejercían el entrenamiento en virtudes, sólo desde la faceta de habilidad implícita en el concepto de areté (Areté es virtud, que según Sócrates involucra saber y moral; los sofistas sólo veían en la virtud lo relacionado con habilidad, es decir, sólo destreza técnica). La Grecia de los sofistas es un lugar donde la política se ha convertido en oficio; se necesitaban preparadores para el ejercicio de la política, y los sofistas fueron los encargados de hacerlo. Las críticas socráticas-platónicas sirvieron para ocultar, tanto como para sospechar que los sofistas son unos expertos en el lenguaje. A diario, cuando nos sentimos presa del lenguaje, cuando fracasamos en los intentos de expresarnos ante otros, comprobamos que necesitamos de él; ante esta experiencia de la condición humana, los sofistas prepararon materiales, técnicas y estrategias.
Ya en la Edad Media, el juglar fabula las historias de la corte; el juglar es el gran comunicador de la época, porque re-crea, con sus ditirambos, relatos que le dan sentido de historia y trascendencia al diario vivir. Además es un experto en posar la información, en darle expresión, incluso desde lo corporal y musical, a las historias. El juglar reconoce otras dimensiones que en la retórica antigua no eran tenidas en cuenta en la comunicación, tales como lo acústico, lo kinésico lo cinético... Dimensiones éstas también presentes en los relatos de los cuenteros populares y los abuelos. En estos tres ejemplos se evidencia la alteridad en el contar: quien cuenta una historia es alguien que ha tenido contacto con otras formas de exterioridad que hacen posible el acto de la narración (VÁSQUEZ, Fernando. Las estrategias de Hermes. Conferencia presentada en el Congreso Iberoamericano de Comunicación Estratégica. AICE, Medellín, mayo de 2003). Relatar es traer desde fuera o desde el pasado historias para entender el presente e intentar respuestas al futuro.
Los citados ejemplos son figuras desde las cuales puede re-entenderse el rol del comunicador como informador, que sin bien no es el único, es una condición indispensable en el Oficio de Comunicador.
Diseñador
El Comunicador es también diseñador: tiene la concepción del producto y del proceso; sin importar de qué nivel o estrategia se trate, comprende las fases del proceso comunicativo desde la preproducción, producción, postproducción y emisión. Cuando se asume como diseñador, el comunicador es consciente de que da forma a procesos y productos comunicativos, los cuales, a su vez, moldean procesos sociales y organizativos. Dar forma desde la comunicación es pensar -como McLuhan- en el masaje de los mensajes transmitidos desde los medios.
Intelectual
Por cuanto toma distancia, el ejercicio de la comunicación deviene una aproximación intelectual al mundo –mejor es decir a los mundos. Tomar distancia del poder, de los códigos sociales y culturales, del asunto político, del tema económico, no porque no se relacionen con él, sino porque su actividad necesita reconocer el mundo y pensarse desde él. Sin esa distancia se es cómplice del sistema; no se está en posibilidad de cuestionar algo a lo que se pertenece.
A MANERA DE CONCLUSIÓN
Así pues, optar por el Oficio de Comunicador implica un ejercicio permanente de estar en el mundo de otra manera. Leer el entorno desde la comunicación implica nuevas miradas permanentes. Como propuso Mariluz Restrepo, sobre el exterior pueden practicarse muchas miradas o interpretaciones, cada una de las cuales develará información diferente. Sobre el mundo se han intentado muchas, y a los comunicadores nos incumbe la mirada comunicativa: qué ve un comunicador al observar el mundo. Esta pregunta debe acompañarnos a quienes elegimos el Oficio de Comunicador.