Inútil explicación
Marta Traba
Yo quisiera
explicarte por qué voy en este tren, pero comprendo que será muy difícil.
Tendría que comenzar por decirte que este es el único sitio donde me encuentro
bien, aunque parezca increíble que un lugar móvil, incómodo, donde hay que
recorrer un largo pasillo tambaleándose para encontrar el baño, y pasillos más
extensos aún para desembocar en un vagón comedor inhóspito y transitorio, pueda
ser un sitio bueno y definitivo para nadie. Por consiguiente debes admitir lo que
te diga, y creerme por más inverosímil que resulte.
Debo añadir,
además, como prolongación de un preámbulo de algo que seguirá siempre siendo
preámbulo y que seguramente acabará también en un preámbulo, que no sé por qué
debo contarte todo esto que me pasa, justamente a ti que estás distante y
amortiguado en el recuerdo, con unas facciones que se van debilitando y un
sonido de voz que ya no reconozco; pero es exactamente a ti y no a otro a quien
debo decirle todo. Me niego a aceptar que te hayas muerto, como alguien me dijo
en una estación, no recuerdo cuál, al encontrarme accidentalmente frente a un
quiosco de cigarrillos. Me hizo gracia y levanté apenas los hombros porque no
lo creí y sigo sin creerlo, ya que no puedes morir antes que yo tolere tu muerte
y esté prevenida y dispuesta a reconocerlo que vas por una carretera en un
carro sport y te distraes como cualquier hombre común y corriente y chocas
contra un árbol y mueres.
Todo esto
resulta trivial e inadmisible si no se ha planeado o al menos prefigurado.
Uno no puede
morir de sorpresa, así, sin proponérselo, y tú menos que nadie, que debes morir
no sólo por tu veredicto y aprobación sino también por los míos. Por eso
descarto el asunto de tu muerte y te escribo con la convicción de que, aun disgregado
en el largo tiempo transcurrido, recibirás esta carta y entenderás, como
siempre, por qué voy y vengo sin estar ya nunca jamás en ningún lado y me
siento tan extrañamente bien al lado de una ventanilla viendo pasar velozmente
el paisaje. Afuera.
Tú no conociste
la última pensión donde yo estuve; creo que tampoco te hablé de ella, porque
carecería de sentido describir algo tan inocuo. Ahora lo hago para establecer
algún punto de referencia; quiero decir, un punto fijo, el último, donde estuve
sentada o acostada, miré el techo e hice todos los gestos mínimos, pudorosos y
ligeramente asustados de la gente que está sola en un cuarto y se oye y se ve a
sí misma, no teniendo otro posible interlocutor.
-No se asuste
si oye pasos por la noche –me dijo la dueña de la pensión- porque he arrendado
el cuarto de arriba a un señor que se pasará hoy mismo. Me imagino que contesté
que estaba bien y que me daba igual. Mientras no se metiera conmigo y fuera tan
discreto como la propia dueña de la pensión a quien apenas veía para pagarle el
arriendo, todo estaba bien.
La señora
Colette trabajaba a horas distintas a las mías y para comunicarse conmigo me
dejaba papelitos en diversos sitios de la sala y del comedor, que jamás
usábamos. Como sólo vivíamos ella y yo en la casa, nunca hubo problema. Yo
llegaba por las tardes, aniquilada por el aburrimiento de la oficina, abría la
puerta-cancel de horribles vidrios de colores atravesados de hierros cubistas,
y la penumbra fresca de la sala me golpeaba produciéndome siempre la misma
doble sensación de alegría y abatimiento. Atravesaba cuidadosamente la sala,
tratando de no llevarme por delante ninguno de los innumerables floreros y
bibelots o elefantes de porcelana dispersos encima de todos los muebles; a
medida que avanzaba y me habituaba a la oscuridad descubría los papelitos.
Estaban en varias partes; en la trompa de los elefantes, entre las flores
artificiales, prendidos a la carpeta de macramé de la mesa, apoyados sobre las
bases retorcidas de las lámparas.
A veces eran
sólo advertencias. “Cada llamada Telefónica cuesta veinte centavos”. O “La
leche está en el jarro esmaltado, en la nevera”. Otras veces se desprendían
claras amenazas. “Si obstruye la cañería del water deberá llamar y pagar al
plomero USTED MISMA”. “Si no deja la puerta del patio cerrada…” e,
inesperadamente, las invitaciones más insólitas: “¿Le gustaría ir a ver conmigo
‘La novicia rebelde’?”, o “¿Qué tal un
drink esta noche? Jamás contesté a las dos advertencias, ni a las amenazas,
ni a las invitaciones; llegaba hasta el cuarto y me sentía a salvo sólo al
cerrar herméticamente con llave. Luego sobrevenían largas horas sin hacer
específicamente nada. ¿Tal vez leyendo? Me avergüenza confesar que una
observación detenida, minuciosa del techo, o ver pasar gente por la ventana,
pueda llevarme tantas horas. Entiendo bien claro que no se trata nada más que
de perder la vida pero ya sabes, y lo hemos discutido muchas veces, que no sé
vivir la vida más que perdiéndola, y esto a conciencia y calmadamente. Creo que
careciendo todo de sentido y siendo todo gesto, todo movimiento inútil, lo más
prudente es decidirse por formar hábitos permanentes e inmutables, para ver de
qué modo se filtra cada día por la misma grieta hacia el mismo pozo. Y mi mayor
placer es advertir que eso ocurre y no acometer la compra de un par de zapatas
como un hecho capital que modifica el curso de la vida y debe ser un motivo de
esperanza.
No; yo sabía
que entrar a la sala oscura, alcanzar el cuarto, cerrarlo, coser un botón,
revisar un libro, era la pérdida calculada de la vida, sin cortapisas ni
atenuantes. Puedo afirmarte que lo único que sentía era cierta curiosidad hacia
ese desgaste justo, ni lento ni acelerado. Pero me estoy desviando del relato
contándote lo que además ya sabes (y no resististe); mi lucidez y mi
desesperanza.
Regreso al día
que llegó el nuevo huésped. No oí sus pasos por la noche ni ningún ruido; mi
sueño forma parte de ese dejarme ir pasivo, de ese acertamiento de la muerte.
Al día siguiente, cuando regresé del trabajo, ni siquiera me acordaba que había
una persona más en la casa. Me sorprendió no encontrar ningún papelito en los
bibelots. Hice algo desusado; encendí la luz para cerciorarme que no había
nada. Sólo en ese momento recordé al huésped nocturno y calculé que la señora
Colette se habría avergonzado de su extraña práctica de los mensajes en las
trompas de los elefantes.
No le di más
importancia. Sin embargo, algo anormal se había introducido en mis hábitos; me
hacía falta los mensajes, me sentía desprendida de un diálogo al cual ya me
había acostumbrado demasiado. Ni al día siguiente, ni al otro, creo que por
espacio de cuatro o cinco días, volvieron a aparecer los papelitos.
Evidentemente, la señora Colette había abandonado mi vigilancia. Mi soledad,
que siempre he aceptado con un bueno ánimo, me pesaba. Ahora pon atención a lo
que voy a contarte; llegó una tarde, me parece que el viernes. Sí, debió ser un
viernes porque sentía esa progresiva tranquilidad del fin de semana.
Entro ya sin
esperar ningún papelito y veo la forma blanca de una tarjeta, clara y visible
aun en la oscuridad. Me aproximo con cierta emoción; alguien vuelve a hablar de
nuevo conmigo. (Hasta estoy dispuesta a aceptar el drink o la novicia rebelde.) La leo y al principio no entiendo de qué
se trata; “Quedamos en que a las once. Trate de no tropezarse en la alfombra de
la escalera”. Pasé un rato leyendo el cartelito antes de darme cuenta de que no
era para mí. No podía ser porque yo nunca había subido al primer piso. (No sé
si te dije que mi habitación estaba en la planta baja, con ventana sobre la
calle del costado). Recordé el segundo huésped y no sé por qué tuve una
sensación de malestar. Pero la cosa no pasó de ahí. Entré en mi cuarto, puse un
disco en el pic-up y me tendí en la
cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza.
Algo me
incomodaba profundamente. No podía determinar qué.
Hice, como
siempre, mi comida, leí, me desvestí y desde las diez de la noche, hora en que
habitualmente me dormía con un sueño profundo, comencé a mirar el reloj. Pasó
un tiempo interminable. A las once oí, nítidamente, el ruido de pasos subiendo
por la escalera que en un momento, como era lógico, tropezaron con la alfombra.
No podría
decirte a qué horas me dormí ni cuáles fueron mis pensamientos en un infinito
desvelo; sólo sé que me sentí desgarrar, pedazo a pedazo, de la manera más
irrazonable. Era inútil asegurarme a mí misma una y otra vez que los asuntos de
la señora Colette eran exclusivamente suyos y que su vida privada ni me
importaba ni me concernía, como nunca me ha importado la de nadie. Me daba
cuenta que, contra todo razonamiento, los pasos en la escalera perturbaban el
orden de mi vida. Algo se había introducido con sigilo, algo indescriptible y
ominoso, en medio de tantas cosas satisfactoriamente inexistentes. Durante años
había podido llegar a la conclusión de que la señora Colette NO existía, lo mismo que yo. Por eso hablaba de
la leche, del water, de las cuentas de luz. De pronto me afrentaba con su
existencia; pretendía vivir, respirar, aguardar pasos, recibirlo. Al fin me
dormí, en medio de sueños tumultuosos, de rendiciones súbita, de
estremecimientos.
En la tarde
siguiente no hubo ningún mensaje. Fue un atardecer lúgubre, de violentas
lluvias estivales. La calle estaba desierta y devastada por los aguaceros; sólo
me acuerdo de un detalle irrisorio. Bajo la lluvia pasó un carrito de helados
con un cartel tambaleante y ridículo que decía: “el placer de Alaska.”
No puedo
describirte esa noche; ha desaparecido. Al día siguiente comprendí, apenas
traspuse la puerta, que habría mensaje. Encendí la luz brutalmente, sin poder
esperar el tiempo indispensable para habituarme a la penumbra. Apoyado en el
monstruoso florero del centro de la mesa estaba un papelito donde decía, con su
aplicada letra cursiva: “a la misma hora” y más allá, en uno de los elefantes:
“se dañó la nevera; tu cerveza estará caliente”.
Era un hecho.
Yo había dejado de existir. Y el segundo huésped crecía a expensas de mi
anulación. Le di vueltas y vueltas en la cabeza a esta idea durante mucho
tiempo. Eran casi las once cuando miré el reloj; no había dormido ni me había
desvestido como de costumbre. Esperé las once y abrí la puerta cuando oí los
pasos. El desconocido quedó en un momento desconcertado, sin entender qué estaba
pasando. Pero los hombres perciben una situación en el aire y le sacan provecho
con una sangre fría admirable. Yo debía estar sonriendo, con toda seguridad,
porque él también sonrió. Era una sonrisa de complicidad y diversión: No hubo
necesidad alguna de hablar. Ni en ese momento ni después; y es increíble que yo
no sintiera nada, ni placer, ni asco, ni fatiga ni estupor. Y que no pudiera
desviar mi pensamiento ni un solo instante. Eran aluviones de recuerdos, eran
las escenas enteras de confianza y también de traición; eran palabras apagadas,
bellas o terribles, eran puertas y ventanas que se abrían, escaleras que se
bajaban corriendo; todo proviniendo sin estrépito, quién sabe desde qué
compuerta desgonzada de golpe: Así, flotando, en medio de una enorme y
despavorida agua mansa, todo ahogado, inerte, pero de nuevo presente.
Ahora alguien
bajaba la escalera.
No puede ser
sino la señora Colette, porque no hay más que tres personas en este mundo. Con
una mano lo aparto sin violencia. Con la otra me apoyo en la cama para pararme.
Espero que los pasos se acerquen a mi puerta y digo con la voz más firme:
“espere un minuto, señora Colette, suba a su cuarto y espérelo, que ya va para
allá.” El hombre es quien mi mira atónito. Se viste sin dejar de mirarme y
nunca sabré qué está pensando. Sale del cuarto como un autómata y a través de
la puerta que he cerrado velozmente con llave, oigo el escándalo que
desencadena la señora Colette. Golpea a puños mi puerta pero no le hago caso.
Al cabo de un momento voy hacia el armario y comienzo metódicamente a hacer mis
maletas, con la mente en blanco.
He llegado a la
estación central a recorrer los horario de los trenes. Hace tiempo, y me parece
innecesario abrumarte con mis itinerarios. Siempre abordo la estación Terminal,
vuelvo a recorrer los horarios, retomo el tren más próximo.
He formulado la
conclusión de que se puede vivir en los trenes. Al menos es lo que quiero
ahora. Apenas me siento al lado de la ventanilla la tierra se mueve y comienza
el intenso placer de ver deslizarse todo, de ver perderse todo. Ni siquiera me
impaciento cuando el tren se para en una estación demasiado tiempo y bajan y
suben baúles que gentes cada vez más hostiles acomodan en las mallas
porta-maletas. No me importa que me hablen; al contrario. Presto la mayor
atención a las historias que unos y otros me han contado, contesto con
afabilidad las preguntas y siempre invento respuestas tranquilizadoras. Sería
perturbador explicarles lo que estoy contando y decirles que no voy hacia
ninguna parte, y que cuando llego, vuelvo. Nadie lo entenderá, además. Ahora
mismo recorro un campo que quisiera tener el poder de describirte, pero ya
sabes qué poco me ha interesado siempre la naturaleza. Soy sensible sólo al
orden que ese campo supone, vuelvo a asombrarme una vez más de que todas las
cosas estén en su puesto, dentro de una eternidad contagiosa y sólo me
tranquilizo cuando compruebo que yéndome sacudo de encima mío esa armonía
intolerable, que no me pliego a sus leyes acomodaticias, a la conformidad del
cielo con la tierra, de las copas con los troncos de los árboles.
En esta forma,
he acelerado el desgaste de que te hablaba antes. No tengo que esperarlo, voy
hacia él y lo provoco. Lo tremendo y desconcertante es que todo lo que hago
forma hábito en seguida y no sé cómo podré detener este ir y venir incesante.
Tú eres mi hábito, lo fue la señora Colette, y ahora… Te escribo
dificultosamente, sobre un libro que llevo en las rodillas, incomodada por el
vaivén del tren. Mandaré esta carta a tu dirección de siempre, desde la
estación próxima.
Sí, aquel
hombre mintió a sabiendas, o quizás inocentemente, cuando dijo que te habías
muerto.
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