Tuesday, March 03, 2015

Inútil explicación

Marta Traba



Yo quisiera explicarte por qué voy en este tren, pero comprendo que será muy difícil. Tendría que comenzar por decirte que este es el único sitio donde me encuentro bien, aunque parezca increíble que un lugar móvil, incómodo, donde hay que recorrer un largo pasillo tambaleándose para encontrar el baño, y pasillos más extensos aún para desembocar en un vagón comedor inhóspito y transitorio, pueda ser un sitio bueno y definitivo para nadie. Por consiguiente debes admitir lo que te diga, y creerme por más inverosímil que resulte.

Debo añadir, además, como prolongación de un preámbulo de algo que seguirá siempre siendo preámbulo y que seguramente acabará también en un preámbulo, que no sé por qué debo contarte todo esto que me pasa, justamente a ti que estás distante y amortiguado en el recuerdo, con unas facciones que se van debilitando y un sonido de voz que ya no reconozco; pero es exactamente a ti y no a otro a quien debo decirle todo. Me niego a aceptar que te hayas muerto, como alguien me dijo en una estación, no recuerdo cuál, al encontrarme accidentalmente frente a un quiosco de cigarrillos. Me hizo gracia y levanté apenas los hombros porque no lo creí y sigo sin creerlo, ya que no puedes morir antes que yo tolere tu muerte y esté prevenida y dispuesta a reconocerlo que vas por una carretera en un carro sport y te distraes como cualquier hombre común y corriente y chocas contra un árbol y mueres.

Todo esto resulta trivial e inadmisible si no se ha planeado o al menos prefigurado.

Uno no puede morir de sorpresa, así, sin proponérselo, y tú menos que nadie, que debes morir no sólo por tu veredicto y aprobación sino también por los míos. Por eso descarto el asunto de tu muerte y te escribo con la convicción de que, aun disgregado en el largo tiempo transcurrido, recibirás esta carta y entenderás, como siempre, por qué voy y vengo sin estar ya nunca jamás en ningún lado y me siento tan extrañamente bien al lado de una ventanilla viendo pasar velozmente el paisaje. Afuera.

Tú no conociste la última pensión donde yo estuve; creo que tampoco te hablé de ella, porque carecería de sentido describir algo tan inocuo. Ahora lo hago para establecer algún punto de referencia; quiero decir, un punto fijo, el último, donde estuve sentada o acostada, miré el techo e hice todos los gestos mínimos, pudorosos y ligeramente asustados de la gente que está sola en un cuarto y se oye y se ve a sí misma, no teniendo otro posible interlocutor.

-No se asuste si oye pasos por la noche –me dijo la dueña de la pensión- porque he arrendado el cuarto de arriba a un señor que se pasará hoy mismo. Me imagino que contesté que estaba bien y que me daba igual. Mientras no se metiera conmigo y fuera tan discreto como la propia dueña de la pensión a quien apenas veía para pagarle el arriendo, todo estaba bien.

La señora Colette trabajaba a horas distintas a las mías y para comunicarse conmigo me dejaba papelitos en diversos sitios de la sala y del comedor, que jamás usábamos. Como sólo vivíamos ella y yo en la casa, nunca hubo problema. Yo llegaba por las tardes, aniquilada por el aburrimiento de la oficina, abría la puerta-cancel de horribles vidrios de colores atravesados de hierros cubistas, y la penumbra fresca de la sala me golpeaba produciéndome siempre la misma doble sensación de alegría y abatimiento. Atravesaba cuidadosamente la sala, tratando de no llevarme por delante ninguno de los innumerables floreros y bibelots o elefantes de porcelana dispersos encima de todos los muebles; a medida que avanzaba y me habituaba a la oscuridad descubría los papelitos. Estaban en varias partes; en la trompa de los elefantes, entre las flores artificiales, prendidos a la carpeta de macramé de la mesa, apoyados sobre las bases retorcidas de las lámparas.

A veces eran sólo advertencias. “Cada llamada Telefónica cuesta veinte centavos”. O “La leche está en el jarro esmaltado, en la nevera”. Otras veces se desprendían claras amenazas. “Si obstruye la cañería del water deberá llamar y pagar al plomero USTED MISMA”. “Si no deja la puerta del patio cerrada…” e, inesperadamente, las invitaciones más insólitas: “¿Le gustaría ir a ver conmigo ‘La novicia rebelde’?”, o “¿Qué tal un drink esta noche? Jamás contesté a las dos advertencias, ni a las amenazas, ni a las invitaciones; llegaba hasta el cuarto y me sentía a salvo sólo al cerrar herméticamente con llave. Luego sobrevenían largas horas sin hacer específicamente nada. ¿Tal vez leyendo? Me avergüenza confesar que una observación detenida, minuciosa del techo, o ver pasar gente por la ventana, pueda llevarme tantas horas. Entiendo bien claro que no se trata nada más que de perder la vida pero ya sabes, y lo hemos discutido muchas veces, que no sé vivir la vida más que perdiéndola, y esto a conciencia y calmadamente. Creo que careciendo todo de sentido y siendo todo gesto, todo movimiento inútil, lo más prudente es decidirse por formar hábitos permanentes e inmutables, para ver de qué modo se filtra cada día por la misma grieta hacia el mismo pozo. Y mi mayor placer es advertir que eso ocurre y no acometer la compra de un par de zapatas como un hecho capital que modifica el curso de la vida y debe ser un motivo de esperanza.

No; yo sabía que entrar a la sala oscura, alcanzar el cuarto, cerrarlo, coser un botón, revisar un libro, era la pérdida calculada de la vida, sin cortapisas ni atenuantes. Puedo afirmarte que lo único que sentía era cierta curiosidad hacia ese desgaste justo, ni lento ni acelerado. Pero me estoy desviando del relato contándote lo que además ya sabes (y no resististe); mi lucidez y mi desesperanza.

Regreso al día que llegó el nuevo huésped. No oí sus pasos por la noche ni ningún ruido; mi sueño forma parte de ese dejarme ir pasivo, de ese acertamiento de la muerte. Al día siguiente, cuando regresé del trabajo, ni siquiera me acordaba que había una persona más en la casa. Me sorprendió no encontrar ningún papelito en los bibelots. Hice algo desusado; encendí la luz para cerciorarme que no había nada. Sólo en ese momento recordé al huésped nocturno y calculé que la señora Colette se habría avergonzado de su extraña práctica de los mensajes en las trompas de los elefantes.

No le di más importancia. Sin embargo, algo anormal se había introducido en mis hábitos; me hacía falta los mensajes, me sentía desprendida de un diálogo al cual ya me había acostumbrado demasiado. Ni al día siguiente, ni al otro, creo que por espacio de cuatro o cinco días, volvieron a aparecer los papelitos. Evidentemente, la señora Colette había abandonado mi vigilancia. Mi soledad, que siempre he aceptado con un bueno ánimo, me pesaba. Ahora pon atención a lo que voy a contarte; llegó una tarde, me parece que el viernes. Sí, debió ser un viernes porque sentía esa progresiva tranquilidad del fin de semana.

Entro ya sin esperar ningún papelito y veo la forma blanca de una tarjeta, clara y visible aun en la oscuridad. Me aproximo con cierta emoción; alguien vuelve a hablar de nuevo conmigo. (Hasta estoy dispuesta a aceptar el drink o la novicia rebelde.) La leo y al principio no entiendo de qué se trata; “Quedamos en que a las once. Trate de no tropezarse en la alfombra de la escalera”. Pasé un rato leyendo el cartelito antes de darme cuenta de que no era para mí. No podía ser porque yo nunca había subido al primer piso. (No sé si te dije que mi habitación estaba en la planta baja, con ventana sobre la calle del costado). Recordé el segundo huésped y no sé por qué tuve una sensación de malestar. Pero la cosa no pasó de ahí. Entré en mi cuarto, puse un disco en el pic-up y me tendí en la cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

Algo me incomodaba profundamente. No podía determinar qué.

Hice, como siempre, mi comida, leí, me desvestí y desde las diez de la noche, hora en que habitualmente me dormía con un sueño profundo, comencé a mirar el reloj. Pasó un tiempo interminable. A las once oí, nítidamente, el ruido de pasos subiendo por la escalera que en un momento, como era lógico, tropezaron con la alfombra.

No podría decirte a qué horas me dormí ni cuáles fueron mis pensamientos en un infinito desvelo; sólo sé que me sentí desgarrar, pedazo a pedazo, de la manera más irrazonable. Era inútil asegurarme a mí misma una y otra vez que los asuntos de la señora Colette eran exclusivamente suyos y que su vida privada ni me importaba ni me concernía, como nunca me ha importado la de nadie. Me daba cuenta que, contra todo razonamiento, los pasos en la escalera perturbaban el orden de mi vida. Algo se había introducido con sigilo, algo indescriptible y ominoso, en medio de tantas cosas satisfactoriamente inexistentes. Durante años había podido llegar a la conclusión de que la señora Colette NO  existía, lo mismo que yo. Por eso hablaba de la leche, del water, de las cuentas de luz. De pronto me afrentaba con su existencia; pretendía vivir, respirar, aguardar pasos, recibirlo. Al fin me dormí, en medio de sueños tumultuosos, de rendiciones súbita, de estremecimientos.

En la tarde siguiente no hubo ningún mensaje. Fue un atardecer lúgubre, de violentas lluvias estivales. La calle estaba desierta y devastada por los aguaceros; sólo me acuerdo de un detalle irrisorio. Bajo la lluvia pasó un carrito de helados con un cartel tambaleante y ridículo que decía: “el placer de Alaska.”

No puedo describirte esa noche; ha desaparecido. Al día siguiente comprendí, apenas traspuse la puerta, que habría mensaje. Encendí la luz brutalmente, sin poder esperar el tiempo indispensable para habituarme a la penumbra. Apoyado en el monstruoso florero del centro de la mesa estaba un papelito donde decía, con su aplicada letra cursiva: “a la misma hora” y más allá, en uno de los elefantes: “se dañó la nevera; tu cerveza estará caliente”.

Era un hecho. Yo había dejado de existir. Y el segundo huésped crecía a expensas de mi anulación. Le di vueltas y vueltas en la cabeza a esta idea durante mucho tiempo. Eran casi las once cuando miré el reloj; no había dormido ni me había desvestido como de costumbre. Esperé las once y abrí la puerta cuando oí los pasos. El desconocido quedó en un momento desconcertado, sin entender qué estaba pasando. Pero los hombres perciben una situación en el aire y le sacan provecho con una sangre fría admirable. Yo debía estar sonriendo, con toda seguridad, porque él también sonrió. Era una sonrisa de complicidad y diversión: No hubo necesidad alguna de hablar. Ni en ese momento ni después; y es increíble que yo no sintiera nada, ni placer, ni asco, ni fatiga ni estupor. Y que no pudiera desviar mi pensamiento ni un solo instante. Eran aluviones de recuerdos, eran las escenas enteras de confianza y también de traición; eran palabras apagadas, bellas o terribles, eran puertas y ventanas que se abrían, escaleras que se bajaban corriendo; todo proviniendo sin estrépito, quién sabe desde qué compuerta desgonzada de golpe: Así, flotando, en medio de una enorme y despavorida agua mansa, todo ahogado, inerte, pero de nuevo presente.

Ahora alguien bajaba la escalera.

No puede ser sino la señora Colette, porque no hay más que tres personas en este mundo. Con una mano lo aparto sin violencia. Con la otra me apoyo en la cama para pararme. Espero que los pasos se acerquen a mi puerta y digo con la voz más firme: “espere un minuto, señora Colette, suba a su cuarto y espérelo, que ya va para allá.” El hombre es quien mi mira atónito. Se viste sin dejar de mirarme y nunca sabré qué está pensando. Sale del cuarto como un autómata y a través de la puerta que he cerrado velozmente con llave, oigo el escándalo que desencadena la señora Colette. Golpea a puños mi puerta pero no le hago caso. Al cabo de un momento voy hacia el armario y comienzo metódicamente a hacer mis maletas, con la mente en blanco.

He llegado a la estación central a recorrer los horario de los trenes. Hace tiempo, y me parece innecesario abrumarte con mis itinerarios. Siempre abordo la estación Terminal, vuelvo a recorrer los horarios, retomo el tren más próximo.

He formulado la conclusión de que se puede vivir en los trenes. Al menos es lo que quiero ahora. Apenas me siento al lado de la ventanilla la tierra se mueve y comienza el intenso placer de ver deslizarse todo, de ver perderse todo. Ni siquiera me impaciento cuando el tren se para en una estación demasiado tiempo y bajan y suben baúles que gentes cada vez más hostiles acomodan en las mallas porta-maletas. No me importa que me hablen; al contrario. Presto la mayor atención a las historias que unos y otros me han contado, contesto con afabilidad las preguntas y siempre invento respuestas tranquilizadoras. Sería perturbador explicarles lo que estoy contando y decirles que no voy hacia ninguna parte, y que cuando llego, vuelvo. Nadie lo entenderá, además. Ahora mismo recorro un campo que quisiera tener el poder de describirte, pero ya sabes qué poco me ha interesado siempre la naturaleza. Soy sensible sólo al orden que ese campo supone, vuelvo a asombrarme una vez más de que todas las cosas estén en su puesto, dentro de una eternidad contagiosa y sólo me tranquilizo cuando compruebo que yéndome sacudo de encima mío esa armonía intolerable, que no me pliego a sus leyes acomodaticias, a la conformidad del cielo con la tierra, de las copas con los troncos de los árboles.

En esta forma, he acelerado el desgaste de que te hablaba antes. No tengo que esperarlo, voy hacia él y lo provoco. Lo tremendo y desconcertante es que todo lo que hago forma hábito en seguida y no sé cómo podré detener este ir y venir incesante. Tú eres mi hábito, lo fue la señora Colette, y ahora… Te escribo dificultosamente, sobre un libro que llevo en las rodillas, incomodada por el vaivén del tren. Mandaré esta carta a tu dirección de siempre, desde la estación próxima.


Sí, aquel hombre mintió a sabiendas, o quizás inocentemente, cuando dijo que te habías muerto. 

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